El peso de la confesión quedó suspendido en el aire gélido de la terraza, denso y asfixiante. Elara sentía el pecho de Dante subir y bajar con una violencia contenida contra el suyo, mientras sus propios sollozos eran el único sonido que rasgaba el silencio de la Quinta Avenida. Al mencionar a su hija, la armadura que había forjado durante cinco años de exilio simplemente se hizo añicos.
Dante la estrechó más fuerte, sus manos grandes y firmes rodeándola con una posesividad que ella reconocí