La habitación de Sofía era un santuario de seda y terciopelo, pero esa noche se sentía como una celda tapizada. Estaba sola, atrapada en una espera agónica. El aire nocturno aún vibraba con el eco del devastador encuentro en la biblioteca horas antes y el posterior encierro.
Las advertencias de su hermana resonaban en su mente como campanas fúnebres: «Mafia», «delitos», «manchado de sangre». Esas palabras eran fantasmas helados que luchaban a muerte contra el recuerdo ardiente de lo sucedido