El mármol frío golpeó el cuerpo de Daryel mientras rodaba por los escalones, pero el dolor físico era una variable insignificante comparada con la urgencia de su supervivencia. La luz blanca y cegadora de las granadas de destello todavía flotaba en sus pupilas como un fantasma, pero su instinto la guió hacia la densa humareda que cubría la base de la gran escalinata.
A su alrededor, el vestíbulo se había convertido en un auténtico matadero. Los gritos de los sicilianos de Bianchi se mezclaban