Alessandro dejó la biblioteca asegurándose de que el cerrojo encajara. Escuchó un eco sordo proveniente de las paredes del ala antigua, pero no le dio importancia; sus hombres estaban armados y vigilando cada esquina. Daryel no iría a ningún lado. Al llegar al salón principal, una criada le ofreció una copa de brandy. Alessandro la tomó y caminó hacia el ventanal. Sus ojos avellana se clavaron en Sofía Metaxis, quien permanecía sentada a la distancia. La chica era la contradicción perfecta de la mujer que obsesionaba su existencia. Daryel era fuego, acero, altivez y desafío; una fortaleza inexpugnable. Sofía, en cambio, era maleable, asustada, un lienzo en blanco listo para ser pintado. La pieza perfecta para su juego. Durante las últimas horas, Alessandro había esculpido una fachada milimétrica ante la joven. Se había comportado como el anfitrión perfecto, compasivo y caballeroso. No buscaba su amor —eso le importaba un demonio—; buscaba cultivar su confianza, alimentando una de
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