El otoño de 2046 llegó con una claridad especial.
Las hojas de los abedoles se tiñeron de oro antes de caer, alfombrando el bosque con un manto crujiente que Erik recorría cada tarde después del colegio. Siete años ya, y su curiosidad no hacía más que crecer. Cada día era una pregunta nueva, cada noche una historia que pedía ser contada.
Una tarde de octubre, mientras paseaba con su padre por el sendero que llevaba a la charca, Erik se detuvo de repente.
—Papá —dijo, con esa seriedad que a vece