El otoño de 2074 trajo consigo un fenómeno que nadie supo explicar. El agua del fiordo comenzó a subir. No de golpe, no como una tormenta o un deshielo repentino. Subía despacio, día tras día, centímetro tras centímetro, como si alguien hubiera abierto una llave invisible bajo el fondo del mar.
Los primeros en notarlo fueron los arbustos del jardín viejo. Sus raíces, que siempre habían estado secas, ahora se hundían en tierra húmeda. Las flores se abrían más tarde, se cerraban más temprano, y s