El verano de 2074 trajo consigo una noticia que recorrió el fiordo antes de que nadie pudiera decirla con palabras: alguien había llegado para quedarse.
No era un visitante más. Era una mujer joven, de unos treinta años, con el pelo oscuro recogido en una trenza y las manos cubiertas de tierra. Llegó caminando por el sendero con una mochila a la espalda y una caja de madera bajo el brazo. No preguntó por el árbol, ni por las historias, ni por el libro. Preguntó por un lugar donde construir.
—Me