El verano de 2075 fue testigo de algo que nadie esperaba. Una noche, sin tormenta, sin viento, sin razón aparente, una de las ramas más antiguas del árbol viejo se quebró. Cayó al suelo con un crujido seco que despertó a todos en la cabaña.
Alma fue la primera en llegar al jardín. La rama yacía en el suelo, cubierta de hojas verdes que aún no habían tenido tiempo de marchitarse. En el tronco, una herida blanca, limpia, como si el árbol hubiera soltado lo que ya no podía sostener.
—¿Qué pasó? —p