Diciembre de 2046 llegó con una nieve que parecía bendecir cada rincón del camino.
El viaje fue largo para Erik, que por primera vez atravesaba el país en tren para llegar al fiordo. Siete horas pegadas a la ventana, mirando cómo el paisaje cambiaba de bosques verdes a montañas nevadas, de ciudades bulliciosas a pueblos dormidos. No se quejó ni una vez. Estaba demasiado emocionado.
—Mira, papá —decía cada poco—. ¡Nieve de verdad! ¡Montañas! ¿Falta mucho?
—Un poco más —respondía Leo, sonriendo.