La primavera llegó tarde ese año.
El hielo del fiordo se resistía a romperse, como si el invierno no quisiera soltar su presa. Pero una mañana de mayo, un crujido profundo resonó en todo el valle, y cuando salimos a mirar, el agua negra brillaba bajo el sol, libre al fin.
—Es un buen presagio —dijo Lena, apoyada en la barandilla del porche.
—¿Crees en los presagios?
—Creo en las señales. Son diferentes.
No pregunté qué quería decir. Con ella, había aprendido que algunas cosas no necesitan expli