La cabaña de Alina olía a madera, a sopa de verduras y a esa calidez especial que solo tienen los hogares donde hay niños. El pequeño Leo me observaba con la intensidad de quien aún no ha aprendido a disimular su curiosidad. Sus ojos eran los de Alina, pero su forma de mirar, ese escrutinio silencioso, me recordaba a alguien más. A Piotr, quizás. O a mí mismo, hacía mucho tiempo.
—Tiene miedo de los desconocidos —dijo Alina, sirviendo té en tazas de cerámica desigual—. Pero contigo es diferente