El viaje de vuelta a la aldea fue diferente al de ida. El paisaje era el mismo: tundra infinita, cielos grises, silencio denso. Pero algo había cambiado en nosotros, o al menos en mí. La torre había quedado atrás, muda e inerte, y con ella, el último eco de la presencia que nos había perseguido durante años.
Lena caminaba a mi lado, su silencio ya no era la coraza de antes, sino una pausa cómoda, compartida. Kael, Erik y los demás nos seguían, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Nadie