El autobús local me dejó a seis manzanas de la dirección de Alina Vance. El barrio era distinto de noche, bajo las luces amarillentas de los faroles. Más silencioso, más denso. Caminé con las manos en los bolsillos, la cabeza gacha pero los ojos escudriñando cada sombra. Los viejos instintos, pulidos en semanas de vigilancia paranoica, volvían a la superficie. Cada coche estacionado era una posible amenaza; cada figura en una ventana, un observador.
El edificio de Alina era un bloque de apartam