El autobús local me dejó a seis manzanas de la dirección de Alina Vance. El barrio era distinto de noche, bajo las luces amarillentas de los faroles. Más silencioso, más denso. Caminé con las manos en los bolsillos, la cabeza gacha pero los ojos escudriñando cada sombra. Los viejos instintos, pulidos en semanas de vigilancia paranoica, volvían a la superficie. Cada coche estacionado era una posible amenaza; cada figura en una ventana, un observador.
El edificio de Alina era un bloque de apartamentos de los años setenta, de cemento desnudo y balcones pequeños. No era el tipo de lugar que Packer o sus hombres vigilarían activamente, no después de tanto tiempo. Pero no podía estar seguro.
Me quedé al otro lado de la calle, apoyado contra la pared de una lavandería cerrada, y observé. Quince minutos. Media hora. Nada se movía, excepto un gato que husmeaba entre la basura y la luz parpadeante de un portal.
Al final, crucé la calle. El sistema de seguridad era un interfono oxidado. Los nomb