PUNTO DE VISTA DE LEO
El callejón olía a orina y a humedad. Un contenedor verde desbordaba bolsas de basura rotas. Pisé algo blando —una hamburguesa aplastada o tal vez algo peor— y seguí caminando, arrastrando los pies. La ropa que llevaba —la misma del arresto— me quedaba holgada. Había perdido peso.
La libertad. Durante meses la había imaginado como una explosión de luz, una bocanada de aire puro. Pero esto era solo otro tipo de confinamiento: un mundo demasiado grande, demasiado ruidoso, donde yo ya no encajaba. No tenía adónde ir.
Mi apartamento habría sido sellado, las cosas probablemente subastadas para pagar costas judiciales. Cara estaba en otra parte del país, con otro nombre, comenzando una vida donde yo no existía. Era el precio y, sin embargo, el dolor era físico, un puñetazo constante bajo las costillas.
Caminé sin rumbo, dejando atrás el juzgado. La gente pasaba a mi lado, absorta en sus teléfonos, en sus conversaciones, en sus vidas. Yo era un fantasma, un hombre recié