La puerta se abrió sin hacer ruido.
Del otro lado no surgió luz cegadora, ni sonidos extraños, ni ninguna de las cosas que las historias del abuelo habían descrito. Solo una suave brisa, cálida y perfumada, que traía olor a mar y a flores silvestres.
—Es diferente —dijo Leo, recordando su propio viaje décadas atrás—. No es como antes.
—Porque antes era el principio —dijo Lena, con esa calma que tanto desconcertaba—. Ahora es otra cosa.
—¿Qué cosa? —preguntó Erik.
—No lo sé. Pero entraremos y lo