El invierno de 2051 fue el más frío que nadie recordaba, pero también el más cálido en el corazón de la familia.
Yuki se había instalado definitivamente en la cabaña del bosque. Su habitación, antes un pequeño cuarto de invitados, se había convertido en un refugio lleno de fotografías, recuerdos de Groenlandia y, sobre todo, la presencia invisible pero constante de Anika.
—No la veo como Lena —confesaba a menudo—, pero la siento. En el viento, en el fuego, en el silencio.
—Eso es porque te quie