Al día siguiente, por la mañana. El escritorio de Sophie permanece en penumbras, bañada apenas por las franjas de luz que se filtran entre las persianas. El aire huele a papel, tinta y a un leve perfume que todavía conserva el escritorio de madera. Sophie está inclinada sobre un fajo de documentos, los revisa con atención forzada, como si sumergirse en los papeles pudiera distraerla de las tormentas que lleva dentro.
De pronto, escucha pasos firmes en el pasillo. No necesita mirar el reloj par