Al día siguiente, por la mañana. El escritorio de Sophie permanece en penumbras, bañada apenas por las franjas de luz que se filtran entre las persianas. El aire huele a papel, tinta y a un leve perfume que todavía conserva el escritorio de madera. Sophie está inclinada sobre un fajo de documentos, los revisa con atención forzada, como si sumergirse en los papeles pudiera distraerla de las tormentas que lleva dentro.
De pronto, escucha pasos firmes en el pasillo. No necesita mirar el reloj para saber que es demasiado temprano para visitas improvisadas y entonces Cristóbal aparece.
Su silueta llena la entrada: el gesto serio, los hombros tensos, una determinación extraña en los ojos. Camina hacia ella con un aire nervioso, pero también con la fuerza de alguien que no piensa retroceder. En su mano sostiene algo pequeño, envuelto con cuidado.
Sophie levanta la vista, y el tiempo parece detenerse. Él llega hasta su escritorio, se detiene frente a ella y, sin pronunciar palabra, deja e