El despacho de Esteban huele a café recién hecho y a papeles antiguos. Afuera, la ciudad palpita bajo un mar de luces frías, indiferente a los dilemas humanos que se libran en ese pequeño espacio. Liam está de pie frente al ventanal, con las manos hundidas en los bolsillos del saco, el rostro endurecido y la mirada fija en el horizonte. El reflejo de su propia silueta en el vidrio le devuelve una imagen que casi no reconoce: un hombre quebrado por dentro, pero firme por fuera.
Detrás de él, Esteban hojea lentamente un legajo repleto de documentos, pruebas, cifras, fotos. El papel cruje como si contara secretos demasiado pesados para sostenerlos. Finalmente, cierra el expediente con un golpe seco y rompe el silencio.
–Lo logramos. –Su voz grave resuena como un veredicto. – Fue un movimiento arriesgado, casi suicida, pero salió bien. Con esto, Kate no solo enfrentará cargos… pasará muchos más años en prisión.
Liam gira con lentitud, como si cada palabra hubiera caído sobre sus hombro