El despacho de Esteban huele a café recién hecho y a papeles antiguos. Afuera, la ciudad palpita bajo un mar de luces frías, indiferente a los dilemas humanos que se libran en ese pequeño espacio. Liam está de pie frente al ventanal, con las manos hundidas en los bolsillos del saco, el rostro endurecido y la mirada fija en el horizonte. El reflejo de su propia silueta en el vidrio le devuelve una imagen que casi no reconoce: un hombre quebrado por dentro, pero firme por fuera.
Detrás de él, Es