La oficina de Amara está en penumbras. Solo la lámpara del escritorio ilumina el espacio con un halo cálido que contrasta con la frialdad que reina entre los presentes. El silencio pesa como un muro invisible, después de la tormenta que acababan de presenciar.
Cristóbal, aún con el vaso de agua en la mano, lo deja sobre la mesa y se incorpora con lentitud. Sus ojos viajan de Liam a Amara, y finalmente a Sophie. Respira hondo, como si cada palabra que está a punto de pronunciar fuera un salto al