Liam intenta incorporarse, pero el tirón seco en las muñecas lo devuelve de golpe a la realidad. Las sogas no ceden. No están mal hechas, no son improvisadas; son nudos firmes, estudiados, pensados para inmovilizar sin lastimar de inmediato, lo justo para recordar quién tiene el control. –¿No ves que estoy atado, Kate? –dice al fin, con la voz baja, medida. – No puedo ayudarlos así.
No suplica. No grita. Ha entendido demasiado rápido que eso sería un error.
Kate no responde de inmediato. Se