Liam intenta incorporarse, pero el tirón seco en las muñecas lo devuelve de golpe a la realidad. Las sogas no ceden. No están mal hechas, no son improvisadas; son nudos firmes, estudiados, pensados para inmovilizar sin lastimar de inmediato, lo justo para recordar quién tiene el control. –¿No ves que estoy atado, Kate? –dice al fin, con la voz baja, medida. – No puedo ayudarlos así.
No suplica. No grita. Ha entendido demasiado rápido que eso sería un error.
Kate no responde de inmediato. Se queda mirándolo durante varios segundos que se estiran hasta volverse insoportables, ladea apenas la cabeza, como si analizara una ecuación compleja, midiendo riesgos que solo existen dentro de su mente fragmentada. Sus ojos no parpadean. No hay rabia en ellos, sino cálculo, una lógica torcida que se acomoda a su propia narrativa.
Finalmente se acerca.
Cada paso es lento, deliberado, cargado de una tensión que hace que el pecho de Liam se contraiga. Se agacha frente a él y, sin decir palabra,