Días después
Amara dejó de llorar. Permanece sentada en el borde de la cama durante horas, envuelta en un silencio rígido, con la mirada fija en un punto indeterminado de la pared, como si su cuerpo hubiera decidido quedarse quieto porque cualquier movimiento podría hacerla romperse en pedazos imposibles de recomponer. No pregunta, no exige explicaciones, no grita el nombre de sus hijos ni el de Liam; apenas respira, y lo hace con una lentitud antinatural, como si el aire pesara demasiado.
Sop