Días después
Amara dejó de llorar. Permanece sentada en el borde de la cama durante horas, envuelta en un silencio rígido, con la mirada fija en un punto indeterminado de la pared, como si su cuerpo hubiera decidido quedarse quieto porque cualquier movimiento podría hacerla romperse en pedazos imposibles de recomponer. No pregunta, no exige explicaciones, no grita el nombre de sus hijos ni el de Liam; apenas respira, y lo hace con una lentitud antinatural, como si el aire pesara demasiado.
Sophie se queda a su lado sin tocarla al principio, aprendiendo a leer ese silencio nuevo, espeso, peligroso, entendiendo que no todas las personas necesitan consuelo inmediato, que algunas primero necesitan comprobar que siguen existiendo. Le acerca un vaso de agua que Amara no toma, le acomoda la bata manchada de sangre seca sin decir nada, le retira con cuidado un mechón de pelo pegado a la frente. Todo con una delicadeza extrema, como si estuviera tratando con algo quebrado que aún no sabe que