Liam despierta con la sensación de que algo está profundamente mal incluso antes de abrir los ojos, porque el cuerpo le pesa de una manera antinatural, como si no le perteneciera del todo, como si cada músculo hubiera sido drenado de fuerza y reemplazado por una rigidez torpe, incómoda, y cuando intenta moverse descubre la resistencia inmediata, brutal, de las ataduras tensándose contra su piel.
Abre los ojos de golpe.
El techo no le resulta familiar.
No es el del pueblo, ni el de ninguna casa que recuerde haber habitado antes. Es blanco, demasiado limpio, con una pequeña grieta en una esquina y una lámpara apagada colgando torcida, y durante unos segundos Liam no logra ordenar los recuerdos, no consigue reconstruir la secuencia exacta que lo llevó hasta ahí, solo siente el golpe seco del miedo subiéndole desde el estómago hasta el pecho.
Intenta incorporarse, pero las muñecas no responden: están atadas a los brazos de la silla con sogas gruesas, tensadas con una precisión inquietant