Después de tres días bajé las escaleras. El cuerpo me pesaba como plomo. No había comido, ni dormido. No importaba. No eran cosas relevantes. Ahí estaba ella, practicando su postura, ya daba los pasos sin parecer un pato mareado. Me miró unos segundos y luego siguió como si nada. Por el rabillo del ojo la miré apenas lo justo para darme cuenta que aunque tenía preguntas no las haría.
No intentó hablarme, ni acercarse, ni siquiera mirarme. Fingió que no me había visto.
Se fue por el camino de la