Vincent.
Estaba en mi oficina revisando unos documentos. Mi día ya había empezado con el pie izquierdo: Edmundo apareció temprano, con ese rostro imperturbable que ni la muerte podría alterar. Aunque no mencionó nada relacionado con mi vida sentimental, su presencia bastaba para recordarme que el reloj seguía corriendo, y con él, el maldito plazo. Estuvimos dos horas discutiendo asuntos legales, estrategias de inversión, renovaciones de licencias.
No había terminado de procesar ese mal rato cu