Se le escaparon las palabras de la boca.
Me detuve. No la miré de inmediato, apreté la mandíbula. Ella se cubrió la boca con la mano, nerviosa.
—Se dice pies —corregí entre dientes, bajando la voz como si se lo estuviera diciendo al viento—. Pies…
Ella se quedó callada unos segundos. Luego la escuché susurrar muy bajito, como si probara la palabra en su boca.
—Pies…
Tuve que morderme el interior de la mejilla para no reírme. No porque fuera gracioso… sino porque era absurdo que algo tan simp