La miré con el ceño fruncido, molesto, dispuesto a apartarla. Pero me detuve.
Porque algo en su rostro; ese desconcierto brutal, el miedo, esa forma en que los ojos se le aguaban mientras respiraba entrecortado, no era una actuación. No era drama. Era real.
Cerré la mandíbula y apreté los dientes.
—Respira —le ordené con voz baja, firme.
Ella apenas me escuchaba, enterró más los dedos en mi brazo.
—Mírame —dije, al tiempo que levanté su rostro con dos dedos bajo su barbilla.
Sus ojos humedeci