—Un contrato que nos beneficiará a ambos —dije con voz seca.
—¿Un contrato…? —repitió ella, como si las palabras le supieran amargas en la boca.
Sus pupilas se dilataron.
—¿Ya… ya no hicimos una cosa de esas que usted llama contrato?
—Sí —asentí sin emoción—. Pero este será diferente.
Levanté la vista hacia el frente, perdiéndome en la nada. Ni siquiera yo sabía cómo explicarle con seriedad esa idea absurda. De hecho, quería reirme histéricamente, todo era tan estúpido, tan propio de una novela