A la mañana siguiente, el café en casa sabía menos amargo.
Emily estaba sentada frente a su laptop, en bata, con Ariadne dormida en una manta sobre su pecho y Leo peleando con su calcetín desde el corral. Alexander, en cambio, ya había hecho una alianza tácita con la cafetera: no dejaría a su madre en paz hasta que estuviera completamente despierta.
Valeria apareció en la cocina como un huracán vestida de scrubs, con una coleta apretada y una bolsa de pan artesanal que parecía costar más que to