Ese lunes en la oficina.
—Buenos días, señor Brown —dijo Emily al entrar puntual con su café, perfectamente vestida, cabello recogido, rostro neutro. Tan profesional que dolía.
—¿Tuviste un buen fin de semana?
—Tranquilo, gracias.
—¿Algo interesante?
—Comida, descanso y lectura. ¿Desea azúcar?
—No.
Emily dejó el café, giró sobre sus tacones y salió sin más.
Albert se quedó mirando la puerta cerrarse, sintiendo una mezcla de frustración, ansiedad… y rabia. Rabia consigo mismo. Rabia con Helena.