El lunes en la mañana Emily, llegó puntual a la oficina.
Tenia una coleta impecable, maquillaje neutro, y un vestido azul marino que decía: soy la eficiencia hecha mujer. Saludó a todos con un cortés “buenos días” y se dirigió a su escritorio sin titubeos.
Albert ya estaba en su oficina. La vio llegar desde la rendija de la persiana y esperó una mirada, una sonrisa, una seña.
No recibió nada.
Ni un “hola”, ni un “maldito viernes”. Solo silencio.
Y eso lo mataba.
—¿Emily? —llamó por el intercomu