Esa tarde, Emily empujó la puerta de su apartamento con los ojos hinchados y los hombros caídos como si le hubieran colgado el mundo encima. El único sonido que la recibió fue la música de una serie turca sonando desde la televisión y el sutil crujido de una caja de arroz chino siendo saqueada con fiereza.
—¿Val? —murmuró con la voz quebrada.
Valeria, que estaba desparramada en el sofá con el moño deshecho y salsa agridulce en la comisura de sus labios giró la cabeza y la miró.
—¡Mi amor! —tiró