Al dia siguiente en la oficina de Albert.
—¿Esto es en serio, Helena? —Albert cerró la puerta con más fuerza de la necesaria, lo que hizo temblar hasta los cuadros en la pared.
Ella ni siquiera parpadeó. Sentada en uno de los sillones de su oficina, con una pierna cruzada y el celular en la mano, levantó la mirada con falsa inocencia.
—¿A qué te refieres, cariño?
—A esto —replicó él, lanzando sobre la mesa una carpeta con informes impresos, solicitudes absurdas y tareas sin sentido. Todas asign