El sol de la mañana se colaba por las cortinas de la suite con una luz suave y cálida. Emily despertó primero, con la incómoda sensación de haber dormido en la cama más grande del mundo… sola. Se incorporó, mirando de reojo hacia el sofá.
Albert seguía ahí. Dormido. Despeinado. Con una manta que apenas le cubría los pies y una expresión tan vulnerable que parecía de otro planeta.
Se levantó sigilosamente, fue al baño y al salir… él ya estaba de pie. Sin camisa. De nuevo.
—¡Por el amor a los fil