Helena llevaba tres días seguidos apareciendo en la oficina sin previo aviso. El lunes llegó con una bolsa de desayuno para Albert; el martes, con papeles que “necesitaban su firma urgentemente”; y el miércoles, con un ramo de lirios que colocó justo al lado del escritorio de Emily.
—Son sus flores favoritas —dijo, sin siquiera mirarla—. Aunque no sé si lo sabías. No todos tienen ese nivel de intimidad, claro.
Emily la observó con una sonrisa tensa mientras se servía café.
—No, no las conocía.