Las escaleras de mármol de la mansión resonaron con el sonido seco y rítmico de unos tacones de aguja.
Carmen Silva descendía peldaño a peldaño, pero no parecía una mujer bajando a desayunar; parecía una reina bajando a reclamar un trono vacío. Llevaba un vestido negro de corte midi, tan ajustado que esculpía su figura como si fuera tinta derramada sobre su piel. Sus manos estaban cubiertas por guantes de seda negra hasta las muñecas, y sobre su cabeza, un sombrero de ala ancha dejaba caer una