La carretera que bordeaba el norte de la ciudad era una cinta de asfalto mojado bajo la luna plateada. Carmen conducía con las manos apretadas al volante, sus nudillos blancos reflejando la tensión de su alma. No iba a su oficina, ni a su casa, ni a la iglesia donde se suponía que debía casarse en pocas horas. Iba al único lugar donde el aire todavía sabía a verdad: el viejo mirador del acantilado, el lugar donde, hace años, un Nicolás Valente sin pecados la había besado por primera vez.
Detuvo