El ascensor del penthouse descendía con una lentitud tortuosa. Carmen observaba el reflejo de su propio rostro en las puertas de acero inoxidable; se veía pálida, con los ojos encendidos por una mezcla de terror y una esperanza que odiaba sentir. Al abrirse las puertas en el vestíbulo, el aire frío de la noche bogotana la golpeó, cargado con el olor a tierra húmeda y asfalto.
Allí, bajo la luz tenue de una farola que parpadeaba, estaba él.
Nicolás Valente no lucía como el príncipe de la Toscana