Una semana después.
La oficina de Carmen Silva en el piso 40 de su corporación era un búnker de cristal y acero, pero ni siquiera eso podía mantener fuera el aroma de las rosas. Por séptima mañana consecutiva, un ramo de rosas blancas con una única rosa roja en el centro descansaba sobre su escritorio de mármol.
Fernando entró en la oficina, su rostro marcado por la falta de sueño. Se detuvo frente al ramo y apretó los puños. No necesitaba ver la tarjeta —que nunca llegaba— para saber quién er