Tres meses. Noventa días. Dos mil ciento sesenta horas.
Ese era el tiempo que había pasado desde que el monitor cardíaco dejó de pitar frenéticamente y empezó a marcar un ritmo constante de vida.
Carmen Silva estaba de pie en el balcón de su habitación principal. La brisa de la mañana movía las cortinas de lino blanco, trayendo consigo el aroma a eucalipto y tierra mojada de los jardines recién regados. El cielo de la ciudad era de un azul insultante, limpio, infinito. Un contraste brutal con e