La mañana en la mansión Valente era gris, reflejando el luto oficial que la casa aún debía guardar.
Frente al espejo de su vestidor, Nicolás anudaba su corbata de seda negra con una precisión quirúrgica. Su rostro no mostraba emoción alguna; era una máscara de mármol, perfecta para la portada de una revista o para un funeral de Estado.
—Tengo que dar un buen espectáculo para los espías de mi suegro —murmuró para su reflejo. Se ajustó el cuello de la camisa blanca. Voy a ser el yerno perfecto. E