El comedor de la prisión El Muro solía oler a lejía barata, repollo hervido y desesperanza. Pero esa tarde, el aire estaba saturado de un aroma que ninguna de las quinientas reclusas había olido en años: vainilla, cacao y azúcar caramelizada.
No hubo sirenas de alerta, ni gritos de guardias. Lo que hubo fue un silencio atónito, seguido de un estallido de euforia que hizo temblar las paredes de hormigón.
En el centro de la cafetería, sobre mesas improvisadas con manteles de papel de colores, se