Valentina tenía miedo. Un miedo paralizante, que le helaba la sangre y le impedía respirar. Había escuchado su sentencia de muerte, y sabía que su vida pendía de un hilo. Debía hacer algo, debía convencer a Nicolás de que valía más viva que muerta.
Respiró hondo, intentando calmar su corazón. Debía controlar sus emociones, pensar con claridad. Su supervivencia dependía de ello.
La puerta se abrió de golpe, y Nicolás entró en la habitación con el rostro sombrío. Sus ojos, fríos y penetrantes, la