Capítulo 41: Las flores muertas del Muro
El traslado no fue un viaje; fue un descenso.

El autobús blindado devoraba kilómetros de carretera solitaria, alejándose de la ciudad, de la mansión y de los últimos vestigios de la vida que Valentina conocía. Iba encadenada de pies y manos, rodeada de mujeres que miraban al vacío o murmuraban oraciones rotas.

Cuando el vehículo se detuvo, el silencio fue absoluto.

Valentina miró a través de la rejilla reforzada de la ventanilla. Ante ella se alzaba El Muro. No era una prisión cualquiera; era un
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