Valentina se giró y vio a Beatriz, con el rostro enrojecido por la ira y los ojos inyectados en sangre.
El mayordomo, al ver a la señora de la casa, hizo una reverencia y se retiró discretamente, dejándolas solas.
Beatriz se acercó a Valentina con paso firme, con una mirada que destilaba odio y desprecio.
—Así que aquí estás —dijo con voz venenosa—. Creí que te habías marchado para siempre.
Valentina bajó la mirada, sintiéndose pequeña e insignificante.
Beatriz la examinó de arriba abajo, con u