La orden de Beatriz la obligaba a llevar pilas de ropa de cama desde las habitaciones de invitados hasta el lavadero, un viaje agotador por la escalera principal, donde la luz de los ventanales la exponía al personal y a la mirada furtiva de las cámaras. Era una humillación física, pero Valentina usó cada viaje como un punto de observación.
Al llegar al segundo piso, se dirigió a las habitaciones que daban al jardín principal. Dejó caer intencionalmente una manta sobre el balcón del ala este, l