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Capítulo 70: El cumpleaños del rey.

Dentro de la habitación VIP, hospital privado de Moscú, tres días después del atentado.

Viktor ya no tiene tubos, solo un gotero de suero y una vía en el brazo bueno. Puede sentarse en la cama, aunque le duele el hombro como mil demonios. Y está aburrido… hasta que entra la enfermera de turno con la palangana y la esponja.

Enfermera joven, guapa, profesional:

—Señor Volkov, hora del baño.

Viktor abre la boca para decir que sí, pero Sofía, que está sentada en el sillón con Alexei dormido en su regazo, levanta la cabeza como un lobo que huele peligro.

—Gracias, bonita. Yo me encargo.

La enfermera parpadea.

—Pero es protocolo…

—Protocolo nuevo: nadie toca a mi futuro marido salvo yo. Gracias.

La chica sale con la palangana casi corriendo.

Viktor se ríe hasta que le duele la herida.

—¿Celosa, reina?

—Un poquito— admite ella, acercándose con cara de mala leche y una sonrisa traviesa—. No quiero que ninguna veinteañera te vea el paquete antes que yo el día de la boda.

Se quita las zapatillas, se sube a la cama con cuidado y empieza a pasarle la esponja tibia por el pecho tatuado, bajando despacio, muy despacio.

Viktor cierra los ojos y gime bajito.

—Si sigues así voy a necesitar otro tipo de cura, amor.

—Luego. Cuando Alexei duerma la siesta.

Enfermera-mode off, esposa-mode on.

En ese momento suena el móvil de Sofía.

Pantalla: «Mamá ❤️»

Sofía pone altavoz y se sienta al lado de Viktor.

—¡Mamá!

—¡Hija mía! ¡Ay Dios mío, qué susto me habéis dado! ¿Cómo está mi yerno? ¡Dime que está vivo, que lo quiero para la boda!

Sofía le pasa el móvil a Viktor con una sonrisa enorme.

—Aquí lo tiene, suegra.

Doña María chilla tan fuerte que casi revienta el altavoz.

—¡Viktor, niño, más te vale estar vivo porque te mato yo si no! ¿Me oyes? ¡Te quiero entero para la boda! ¿Cómo estás, mi arma?

Viktor se emociona de verdad.

—Bien, mamá… un poco agujereado, pero bien. Y… tengo que contarle algo.

—Dime, hijo, dime—. Dice la señora toda emocionada.

—Sofía ya dijo que sí. Nos casamos.

Silencio de tres segundos… y luego un grito que despierta hasta a Alexei.

—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAY MI MADRE QUE ME DA ALGO! ¡QUE MI NIÑA SE CASA! ¡QUE TENGO YERNO OFICIAL! ¡QUE VOY A SER ABUELA DOBLE! ¡Ay que me muero, que me muero!

Se oye ruido de abanico, de vecinas entrando en la casa, de —¡María, qué pasa!— y más gritos.

Viktor se ríe con lágrimas en los ojos.

—Tranquila, mamá, que nos casamos pronto. En San Petersburgo, como usted quería.

—¡Pues ya estoy buscando vuelo! ¡Y el traje! ¡Y el jamón! ¡Ay que me da un ataque cardíaco pero de alegría!

Sofía se ríe. —Ay mamá, no juegues con esas palabras.

Se despiden entre besos sonoros y promesas de tortilla de patatas para la boda. Cuando cuelgan, Viktor mira a Sofía con cara de niño feliz.

—Tu madre me quiere más que a ti.

—Lo dudo— responde ella, besándole la nariz.

En ese momento se abre la puerta y entra Dimitri… cargando una tarta enorme de tres pisos, con velas y todo.

—¡Feliz cumpleaños, jefe!

Viktor se queda en blanco, con cara de poker.

—¿Cumpleaños? ¿Hoy?

Sofía abre los ojos como platos.

—¡Qué, pero...! ¡No lo sabía!

Se pone roja hasta las orejas.

Viktor se parte de risa aunque le duela.

—Tranquila, reina. Con casi morirme y que me dijeras que sí ya tengo regalo para diez vidas.

Dimitri enciende las velas 39, porque sí, hoy cumple 39 y los tres cantan —Cumpleaños feliz— mientras Alexei ve a todos aplaudir sin saber por qué.

Sofía sopla las velas por él, le da un beso lleno de nata en la boca y susurra:

—Espera aquí. Voy a por tu regalo de verdad.

Sale corriendo, vuelve en cuarenta minutos exactos con una caja grande envuelta en papel negro. Dentro: un reloj Patek Philippe vintage, edición única, y… unas esposas de acero forradas de cuero rojo con las iniciales grabadas: S&V.

Viktor se queda sin palabras.

—El reloj para que recuerdes que el tiempo que nos queda es mío. Las esposas… para que recuerdes quién manda cuando salgamos de aquí.

Él la mira, los ojos brillantes con lágrimas contenidas.

—Te amo tanto que duele más que la bala.

Ella se sube a la cama, se sienta a horcajadas con cuidado de no tocarle la herida y le besa lento, profundo.

—Feliz cumpleaños, mi rey. Y que cumplas muchísimos más… todos conmigo y con estas esposas puestas.

Dimitri carraspea desde la puerta.

—Bueno... yo me voy antes de que me den otro trauma.

Cierra y los deja solos.

Sofía cierra las cortinas, le pone las esposas a Viktor a la barandilla de la cama con cuidado del hombro sano y le susurra, —ahora sí… tu regalo de verdad.

Y le hace el amor más lento, más tierno y más sucio que nunca, mientras fuera nieva suave sobre Moscú y dentro solo se oyen susurros, gemidos y "te quiero" repetidos hasta quedarse sin voz.

El cumpleaños más feliz de toda su vida.

La habitación queda en penumbra: solo la luz tenue de la lámpara de noche y el reflejo plateado de la nieve que cae afuera.

Alexei duerme en la cuna portátil que trajeron del ático, Dimitri se ha llevado la tarta a la sala de espera y la puerta está cerrada con pestillo.

Sofía se quita la sudadera de Viktor que llevaba puesta y queda en una camiseta fina y bragas de encaje negro.

Se sube a la cama con cuidado, se sienta a horcajadas sobre sus muslos evitando la zona vendada y le acaricia el pecho sano con las yemas de los dedos.

—Regla de cumpleaños: hoy no te mueves. Hoy solo recibes, porque te lo mereces, rey.

Viktor tira suavemente de las esposas, el metal tintinea contra la barandilla. Sonríe con esa mezcla de rey destronado y niño travieso que solo ella conoce.

—Como ordene mi reina.

Ella empieza por besos lentos: frente, cicatriz de la ceja, párpados, comisura de los labios.

Baja por el cuello, lame la marca fresca del mordisco de la gala, sigue por el pecho tatuado, se detiene en cada cicatriz vieja y le susurra —esta también es mía— antes de besarla.

Cuando llega al vendaje del hombro, lo roza con los labios con una ternura que le arranca un suspiro tembloroso.

—Gracias por seguir vivo, amor. Gracias por volver a mí. La voz de ella se le quiebra un segundo, pero se recompone rápido.

Y poco a poco, va bajando más.

Le desabrocha el pijama del hospital, se lo baja hasta las caderas y se dedica a él con la boca, la lengua y las manos como si fuera la primera vez y la última a la vez.

Lento, profundo, sin prisa.

Viktor gime bajito, tira de las esposas, los músculos del brazo sano se marcan mientras se contiene para no hacer ruido y despertar al niño.

—Joder, Sofía… me vas a matar de placer…— Sus caderas se sacuden ligeramente por instinto.

—Mejor de placer que de bala— responde ella contra su piel, y sigue hasta que él está al borde, temblando.

Entonces se detiene, se quita las bragas y se sienta encima despacio, centímetro a centímetro, mirándolo a los ojos todo el rato.

—Feliz cumpleaños, mi rey.

Empieza a moverse en círculos lentos, apretándolo dentro, subiendo y bajando con una cadencia que lo vuelve loco. Las esposas suenan cada vez que él intenta tocarla y no puede.

Ella le tapa la boca con la mano cuando los gemidos se le escapan demasiado altos.

Se corren casi en silencio: él con un gruñido ahogado contra su palma, ella esconde la cara del lado de su cuello estable, temblando entera.

Después se queda sentada encima, respirando contra su piel, los dos sudados y felices.

—Te amo tanto que a veces no me cabe en el pecho— susurra él.

—A mí tampoco. Por eso te lo guardo aquí— responde ella, poniendo la mano de él sobre su corazón.

Se queda así un rato, luego le quita las esposas, le masajea las muñecas y se acurruca a su lado sano.

—Cuando salgamos de aquí, nos casamos en una semana. No espero más.

—Una semana me parece perfecto— responde él, besándole el pelo.

En ese momento suena el móvil otra vez. Es doña María por videollamada de vídeo. Sofía lo coge rápido, enfoca a Viktor semi-desnudo y vendado, pero sonriente como nunca.

—¡Mamá, mira a tu yerno vivo y feliz!

Doña María aparece en pantalla con rulos y bata, pero con una sonrisa que ilumina toda Andalucía.

—¡Ay mi niño! ¡Feliz cumpleaños, mi arma! ¡Que cumplas muchos más, pero con menos balas, por Dios!

Se pone a cantar «Cumpleaños feliz» en andaluz puro, dando palmas y todo.

Viktor se emociona otra vez.

—Gracias, mamá… prometo cumplirlos todos con su hija y con usted gritando “¡viva los novios!”

La señora llora, ríe, los bendice como diez veces y promete llegar lo más pronto posible con jamón, tortilla y todo el barrio.

Cuando cuelgan, Sofía se acurruca otra vez.

—Dentro de una semana serás mi marido.

—Y tú mi mujer. Para siempre.

Se besan lento, sin prisa, como quien ya sabe que tiene toda la vida por delante. Alexei se remueve en la cuna, suelta un suspiro y vuelve a dormir.

Viktor le acaricia la mejilla a Sofía.

—¿Sabes qué es lo mejor de cumplir años hoy?

—Dime, mi rey.

—Que el regalo ya lo tengo: tú diciendo que sí, nuestro hijo sano y tu madre llamándome “niño”.

Ella sonríe con los ojos conteniendo las lágrimas.

—Y el segundo mejor regalo viene ahora.

Se levanta, abre el armario del hospital y saca una cajita pequeña que había escondido.

Dentro: una foto ecografía.

—Feliz cumpleaños, papi… vamos a ser cinco.

Viktor se queda mudo.

Mira la foto, luego a ella, luego a la tripita que aún no se nota.

—¿Estás…?

—Embarazada de siete semanas. Lo supe ayer, pero quería que fuera tu regalo de cumpleaños.

Él llora sin vergüenza, la abraza fuerte con el brazo bueno y la besa como si no hubiera mañana.

—Te amo. Te amo. Te amo.

Lo repite como un mantra hasta quedarse sin voz. Y así, entre vendas, esposas, una tarta a medio comer y una ecografía nueva, Viktor Volkov cumple el mejor cumpleaños de su vida.

Herido, esposado, vivo y más feliz que nunca.

Porque su reina le ha dado todo lo que un rey destronado puede soñar; una familia que crece, una boda a la vuelta de la esquina y un futuro lleno de "te quiero" y de noches sin balas.

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