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Capítulo 62: Noche sin dormir y un... rapidín.

Eran las 02:17 a.m. en la Torre, Moscú duerme bajo una luna fría que se cuela por los ventanales gigantes.

Dentro, el llanto de Alexei es un cuchillo que lleva clavándose en sus oídos desde las once de la noche. Cólicos. El pediatra dijo “es normal”, pero nadie avisó que normal podía doler tanto en el alma.

Viktor camina descalzo, solo en bóxers negros, el torso tatuado brillando de sudor. Lleva al bebé pegado al pecho, una mano enorme cubriéndole toda la espalda, la otra sosteniendo la cabecita. Ocho kilómetros ya. Lo sabe porque dio vueltas al contador del reloj: sala, pasillo, cocina, vuelta a la sala, pasillo, cocina…

—Shhh, malysh… (pequeño en ruso) papá está aquí… shhh…

Su voz está rota, ronca de tanto susurrar, de tanto cantar nanas rusas que nunca pensó que sabría.

Sofía aparece en la puerta de la cocina en un camisón de seda gris que apenas le tapa el culo. Los ojos hinchados, el pelo revuelto, pero igual de jodidamente hermosa. Se apoya en el marco, mirándolo caminar como un león enjaulado con su cachorro.

—¿Cuánto lleva esta vez?

—Tres horas y media seguidas —responde él sin parar—. Creo que ya recorrí medio Moscú sin salir del piso.

Ella se acerca, le toca la frente al bebé con el dorso de la mano. Quema.

—Pobrecito…

—Y pobre de mí —susurra Viktor con una media sonrisa agotada—. Creo que mis brazos se van a caer.

Sofía le roza el pecho con los labios, apenas un beso, pero Viktor se estremece igual.

—Veinte minutos más. Si no para, le doy el supositorio.

—No. Ya lo intento yo un rato más. Tú duerme.

Ella no contesta. Se queda ahí, mirándolo caminar, contando los pasos con él. Diez minutos. Quince. El llanto empieza a bajar de volumen, se vuelve hipos, luego suspiros. Alexei se afloja contra el pecho de su padre, la boquita abierta, los puñitos relajados por fin.

Viktor se detiene en medio de la cocina, sin atreverse a respirar fuerte. El reloj marca las 05:42. El cielo afuera ya se tiñe de rosa sucio.

—¿Se durmió? —susurra Sofía acercándose de puntillas.

Viktor asiente muy despacio. Camina como si pisara cristales rotos hasta la cuna portátil que tienen en el salón y deposita al niño con una lentitud que parece eterna. Alexei ni se inmuta.

Cierran la puerta del salón con cuidado de no hacer clic. Y entonces… silencio.

Un silencio tan denso que se puede cortar con cuchillo.

Sofía se gira hacia él. Lo mira de arriba abajo: el sudor, los músculos temblando de cansancio, la erección evidente que lleva horas conteniendo porque “ahora no toca, Viktor”.

Ella sonríe, peligrosa.

—Ven aquí, héroe.

Lo empuja contra la nevera con las dos manos en el pecho. El metal frío le pega en la espalda y Viktor suelta un gruñido bajo.

—Shhh —susurra ella contra su boca—. Ni un ruido o despertamos al zar pequeño.

Le baja los bóxers de un tirón. Su hombría salta libre, dura, venosa, lubricado ya en la punta. Sofía se arrodilla en dos segundos, sin preámbulos, y se la lleva hasta el fondo de su túnel oral.

Viktor se agarra al asa de la nevera, los nudillos blancos. Se muerde el labio hasta sangrar para no gemir. Ella lo adora, rápido, sonoro, con la mano en la base apretando, la lengua jugando en la punta como si quisiera castigarlo por todas las horas de llanto.

—Joder… Sofía…

—Silencio —ordena ella, mirándolo desde abajo con ojos que brillan.

Se pone de pie, se quita el camisón por la cabeza y queda desnuda, los picos mamarios duros, la piel erizada. Lo empuja más contra la nevera, abre la puerta un palmo (el frío del interior le pega en la espalda y lo hace jadear) y se encarama a él, rodeándole la cintura con las piernas.

—Ahora —susurra—. Rápido y callado.

Viktor la agarra de las nalgas con las dos manos y la empala de una sola estocada. Los dos ahogan el gemido en la boca del otro. Empieza a moverse: fuerte, corto, profundo. La nevera tiembla, los imanes con fotos de Alexei caen al suelo uno a uno.

Sofía le clava las uñas en los hombros, la cabeza echada hacia atrás, mordiéndose el labio hasta que se le pone blanco.

—Más… más rápido…

Él obedece, la f*lla como si quisiera descargarle encima todo el cansancio, toda la noche en vela, todo el amor que siente por ese niño y por ella.

Ella se viene primero, apretándolo tanto que casi le duele, la cara escondida en su cuello para no gritar. Viktor la sigue dos segundos después, derramándose dentro con un gruñido que suena a animal herido y aliviado.

Se quedan así, pegados, jadeando contra el frío de la nevera abierta. La luz del amanecer entra ahora por completo y los baña en rosa y oro.

Sofía le besa el pecho, justo donde hace unas horas latía el corazón de Alexei.

—Eres el mejor padre del mundo —susurra—. Y el mejor macho también.

Viktor suelta una risa agotada, la abraza fuerte.

—Y tú la madre más cabrona y más caliente que existe.

Cierra la nevera de un puntapié, la carga en brazos y la lleva a la cama.

—Ahora dormimos dos horas. Y cuando despierte el pequeño zar… repetimos. Pero esta vez en la ducha.

Ella se ríe contra su cuello.

—Trato, amor. Trato.

Viktor la lleva en brazos por el pasillo como si no pesara nada, aunque los dos están muertos de sueño y de placer. La deja caer en la cama king size con suavidad, se tira a su lado y la pega a su pecho tatuado todavía caliente y salado de sudor. El silencio ahora es otro: denso, dulce, lleno de respiraciones que se buscan.

Sofía se acurruca contra él, una pierna sobre las suyas, la mano dibujando círculos perezosos sobre el corazón que hace unas horas calmó a su hijo.

—¿Sabes qué es lo más raro? —susurra ella contra su piel.

—Dime.

—Que antes, cuando mandaba sola, dormía como un tronco. Ahora, con un bebé que llora cada tres horas y un hombre que me folla contra electrodomésticos… duermo mejor que nunca.

Viktor suelta una risa baja que retumba en su pecho.

—Porque ahora sabes que no estás sola, reina. Antes eras un lobo. Ahora eres una loba con manada.

Ella levanta la cabeza, lo mira con esos ojos que todavía brillan de orgasmo.

—¿Y tú qué eres?

—El lobo que se dejó domesticar… y le encanta la correa.

Se besan lento, sin prisa, solo labios y lengua y suspiros. El beso sabe a cansancio y a victoria. A leche materna y a sexo rápido. A familia.

Sofía se separa un segundo, le pasa un dedo por la marca roja que le dejó en el cuello.

—Mañana vas a tener que ponerte camisa de cuello alto. Dimitri se va a reír.

Viktor sonríe.

—Que se ría. Quiero que todo Moscú sepa que tengo una mujer que me marca cuando me porto bien.

Ella se ríe, suave, y se pega más. Los dos cierran los ojos al fin los ojos.

Pero justo cuando el sueño los está atrapando, se escucha el primer gemidito desde el salón. Alexei se remueve en la cuna.

Los dos abren los ojos al mismo tiempo.

—No… —gime Viktor.

—Shhh —susurra Sofía, ya levantándose—. Esta vez me toca a mí.

Se pone la bata de seda, camina descalza hasta el salón y toma al bebé en brazos. Alexei se calma al instante cuando huele a su madre. Sofía vuelve a la cama, se mete con él entre los dos y lo pega al pecho. El niño mama perezoso, medio dormido.

Viktor los mira, a su mujer y a su hijo, iluminados por la primera luz del día que entra por las cortinas entreabiertas. Y siente que le explota algo en el pecho. No es deseo esta vez. Es otra cosa más grande, que no cabe, que le quema los ojos.

Se acerca despacio, los abraza a los dos con un solo brazo y entierra la cara en el pelo de Sofía.

—Gracias —susurra, voz rota.

—¿Por qué?

—Por hacerme esto. Por hacerme padre. Por hacerme tuyo. Por todo.

Sofía gira la cabeza, le besa la sien.

—Ya shhh, duerme, amor. Que dentro de dos horas este pequeño zar va a querer desayunar… y yo voy a querer que me des duro contra el muro dentro en la ducha como prometiste.

Viktor sonríe contra su hombro, cierra los ojos y, por primera vez en toda la noche, se duerme de verdad, lleno de comodidad y calor familiar.

En lo más alto de Moscú, la reina, el rey destronado y el futuro heredero duermen enredados, oliendo a almizcle de su unión, a leche y a hogar.

Y afuera, la ciudad poco a poco despierta sin saber que arriba se formaba una de las familias más peligrosa y más enamorada que Rusia haya visto jamás.

De repente suena el teléfono de Sofía, ella se levanta y mira el celular, es su madre después de la última vez que la vio, le contesta.

—¿Mamá? ¿Todo bien, ha pasado algo con los medicamentos?

Al otro lado de la línea la mamá le menciona que está mejor que nunca, que el descanso, las medicinas y e doctor privado le ayudaron a mejorar mucho más rápido, y que se enteró de que ya ha dado a luz al heredero así que irá a visitar su querido nieto.

A Sofía se le hela la sangre tanto de alegría como de sorpresa, le contesta a su madre que entonces se preparará para su visita.

—Joder...

—¿Qué pasa, reina?— Pregunta Viktor.

—Mi madre quiere venir a Moscú a conocer a Alexei...

Viktor queda mudo.

—Mi*rda.

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