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Capítulo 61: La reina que amamanta y sentencia.

Es temprano en la Torre de cristal, planta 47. Sala de reuniones. 10:03 a.m.

La mesa ovalada de mármol negro parecía un tablero de ajedrez mortal. Doce hombres trajeados, sudorosos a pesar del aire acondicionado, mirando al frente sin atreverse a parpadear.

Sofía estaba sentada en la cabecera, vestido negro sin mangas que le marcaba cada curva post-parto, el pelo recogido en un moño alto que gritaba “no me jodas”.

Alexei, pegado a su pecho izquierdo, mamaba tranquilo, los ojitos cerrados, ajeno a que su madre estaba a punto de hacer llorar a hombres que habían matado a otros por menos.

Dimitri cerró la puerta con doble pestillo.

Silencio absoluto.

El primero que habló fue Ivan el Ruso, capo de San Petersburgo, que todavía no había devuelto los dos cargamentos de cocaína que “se perdieron” cuando Viktor “estaba débil”.

Ivan carraspeó.

—Señora… eh… doña Sofía… con todo respeto, ¿el niño no debería estar en la guardería o algo?

Sofía no levantó la vista del sobre que tenía delante, mirada fija pero serena y con aura de autoridad.

—Mi hijo está exactamente donde debe estar: en mis tet*s. Tú estás a punto de estar en la calle sin dientes si no me explicas por qué todavía no pagaste los 42 millones que debes.

Ivan palideció.

—Dame una semana…

—Te doy treinta segundos.

Alexei soltó el pezón un segundo, eructó como un camionero y volvió a engancharse feliz.

Sofía abrió el sobre y volcó el contenido sobre la mesa: fotos de Ivan con su amante trans, transferencias a cuentas en Panamá y un vídeo en el móvil que empezó a reproducirse en altavoces bluetooth: Ivan prometiendo a su mujer que “la p*ta esa no significa nada”.

Ivan se derrumbó.

—Los 42 millones están en tu cuenta desde las 10:05 a.m.

Sofía sonrió, dulce y letalmente, Viktor sonríe a medio lado, pero qué increíble mujer es quien lo acompaña ahora y con un hijo igual de mañoso.

—Bien. Ahora vete. Y la próxima vez que alguien en esta mesa crea que puede robarle a mi hijo, recordad que tengo tetas y tengo balas. Las dos dan leche y muerte según me levante.

Ivan salió corriendo sin mirar atrás.

Cuando el último capo se fue, la sala quedó vacía salvo por Sofía, Alexei y Viktor, que había estado de pie detrás de ella todo el rato, apoyado en la pared, los brazos cruzados, la hombría dura como el mármol de la mesa.

Sofía se giró despacio, el bebé todavía mamando, y lo miró con ojos que ardían.

—¿Todo el tiempo? —preguntó ella, divertida.

—Todo el p*to tiempo —confirmó él, voz ronca—. Verte mandar con mi hijo en la tet* es lo más caliente que he visto en mi vida.

Sofía se levantó, se acercó despacio, le pasó la mano por la erección marcada en el pantalón y le susurró al oído:

—Cuando Alexei se duerma la siesta… vas a arrodillarte debajo de esta misma mesa y me vas a hacer gritar tu nombre hasta que se me olvide hasta cómo se dice “mafia”.

Viktor le mordió el lóbulo.

—Como ordene mi reina.

Y Moscú, desde los ventanales, siguió brillando…

pero ya nadie dudaba quién era la que realmente mandaba.

Después de que el último capo saliera con la cola entre las piernas del lugar, la puerta se cerró con un clic definitivo. Sofía todavía sigue asomada de pie, Alexei todavía enganchado al pecho, mirándose en el reflejo del ventanal: una madre con un bebé y el poder absoluto de Moscú en la punta de los dedos.

Viktor se acercó más por detrás, y le rodeó la cintura con cuidado para no molestar al niño y le besó el hombro desnudo.

—Eres jodidamente aterradora —susurró contra su piel—. Y nunca estuve tan orgulloso.

Ella giró la cabeza, lo miró de reojo.

—¿Orgulloso o cach*nd*?

—Las dos cosas. Y me duele la p*lla de tanto verte mandar.

Alexei soltó el pezón con un pequeño “pop”, satisfecho, y se quedó dormido contra su pecho con la boca abierta y un hilito de leche en la comisura.

Sofía lo acomodó en el moisés portátil que Dimitri había dejado junto a un lado y pulsó el interfono.

—Dimitri, llévate a Alexei a la siesta. Y cierra la puerta con llave.

Dimitri apareció en dos segundos, tomó al bebé con una ternura inesperada y desapareció sin decir ni mu.

En cuanto la puerta volvió a cerrarse, Sofía se giró hacia Viktor, se subió el vestido hasta la cintura y se sentó en el borde de la mesa de mármol, abriendo las piernas. No llevaba nada debajo.

Obvio.

—Debajo de la mesa. Ahora —ordenó, voz baja y peligrosa.

Viktor se arrodilló sin dudar, se metió entre sus piernas y empezó a darle despacio... muy muy despacio, como quien adora un altar.

Sofía se agarró al borde de la mesa, la cabeza echada hacia atrás, gimiendo bajito para no despertar al bebé en la habitación de al lado.

—Más fuerte —susurró—. Quiero venir en la mesa donde hace media hora hice llorar a un hombre de 120 kilos.

Él obedeció: lengua, dedos, dientes.

La hizo correrse dos veces seguidas, tapándole la boca con la mano para que los gritos no atravesaran las paredes blindadas.

Cuando ella terminó temblando, lo agarró del pelo y lo levantó.

—Ahora f*llame encima de los contratos que acaban de firmar —ordenó, señalando la pila de papeles que devolvían el control de medio Moscú.

Viktor la tumbó sobre la mesa, le abrió las piernas hasta casi partirla y entró de una sola embestida brutal. Los papeles volaron, las plumas cayeron al suelo, la mesa crujió bajo su peso.

Él la tomó como si quisiera borrar los últimos restos de su antiguo rey que quedaban en su cuerpo: duro, posesivo, desesperado.

Sofía le clavó las uñas en la nuca.

—Más fuerte. Quiero que mañana tenga marcas de esta mesa en la espalda.

Viktor obedeció hasta que los dos explotaron al mismo tiempo, ella apretándolo dentro, él derrumbándose encima, los dos jadeando contra la madera fría.

Después se quedaron así un rato, él todavía dentro, ella acariciándole el pelo sudoroso.

—¿Sabes qué es lo mejor? —susurró Sofía contra su oído.

—Dime—, murmuró Viktor con voz ronca de placer.

—Que mañana repetiremos esto cada vez que alguien dude de quién manda aquí.

Viktor soltó una risa ronca.

—Entonces voy a empezar a provocar reuniones diarias.

Se separaron despacio, se arreglaron la ropa como pudieron y abrieron la puerta. Dimitri estaba en el pasillo con Alexei dormido en brazos y cara de “ya sé lo que pasó, no pregunten”.

Sofía le quitó al bebé, lo besó en la frente y miró a Viktor con ojos de reina absoluta. Ella sonríe sabiendo el por qué.

—Ahora, vamos a celebrar, queridos.

Y los tres (bueno, cuatro) se fueron a comer, porque hasta las reinas tienen hambre después de conquistar el mundo.

Cuando llegaron al salón-comedor privado, el sol ya se colaba por los ventanales y bañaba la mesa larga de cristal. Dimitri había preparado desayuno de rey: blinis con caviar, fruta fresca, café negro y un biberón tibio para Alexei.

Sofía se sentó en la cabecera con el bebé en brazos, todavía medio dormido. Viktor se sentó a su derecha, sin camisa, con las marcas de uñas frescas en el cuello y una sonrisa que no le cabía en la cara.

Dimitri sirvió el café y se quedó de pie, como siempre.

—Los rumores ya corren, jefa. Dicen que la nueva reina de Moscú hace firmar contratos con una t*ta fuera y un bebé en brazos.

Sofía soltó una carcajada limpia.

—Que digan lo que quieran. Mientras paguen, que hablen.

Viktor le pasó un blini con caviar a la boca y ella lo mordió despacio, mirándolo fijo.

—Tú también vas a pagar hoy —susurró solo para él.

Él se lamió el labio inferior.

—Cobro con intereses, reina—. Respondió con filo el propio Viktor ante su demanda.

Alexei eligió ese momento para despertar, estirarse y soltar un eructo épico que hizo reír a los tres. Viktor lo tomó, lo puso sobre su hombro desnudo y le dio palmaditas suaves.

—Escucha bien, pequeño: tu madre acaba de conquistar Moscú sin disparar una sola bala.

Y yo acabo de descubrir que ser su perrito faldero es el mejor trabajo del mundo.

Sofía se levantó, rodeó la mesa y se sentó en el regazo de Viktor con toda naturalidad, Alexei entre los dos.

Los tres formaban un cuadro imposible: la reina, el rey destronado y el heredero dormido contra el pecho tatuado del padre.

Ella le dio un beso lento, profundo, con sabor a caviar y victoria.

—Bienvenido al nuevo imperio, amor —susurró contra su boca—.

Aquí mandan las t*tas… y tú te arrodillas feliz.

Viktor sonrió contra sus labios.

—Y nunca fui más feliz de perder una corona.

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