Mundo ficciónIniciar sesiónTorre de cristal, planta 47. 01:47 a.m. La ciudad dormía abajo, pero arriba nadie pegaba ojo. Alexei llevaba dos horas durmiendo como un angelito en su cuarto blindado, monitor, cámara, puerta con huella.
Sofía estaba en la ducha de mármol negro, el agua cayendo en cascada por su espalda, cuando sintió las manos de Viktor rodeándole la cintura por detrás. —¿Otra vez? —preguntó ella sin girarse, sonriendo. —Otra vez —confirmó él contra su cuello—. Pero esta vez… quiero más. Ella se giró despacio, el agua resbalando entre sus pechos. —¿Más de qué? Viktor tragó saliva, los ojos oscuros de deseo y algo más… sumisión pura. —Más de lo de antes. Quiero que me destroces otra vez. Que me abras, que me mandes, que me hagas rogar. Sofía lo miró un segundo largo. Después le agarró la nuca y lo empujó contra la pared de cristal de la ducha. —Entonces ponte de rodillas, rey. Él obedeció al instante, el agua caliente cayendo sobre los dos. Ella se subió encima, le levantó las piernas como antes, pero esta vez más alto, casi doblándolo por la mitad. Viktor soltó un gemido roto cuando ella se hundió despacio, tomándose su tiempo, controlando cada centímetro. —Así… justo así —gimió él, las manos en las caderas de ella, pero sin apretar, solo acompañando. Sofía empezó a moverse, lento al principio, luego más rápido, más fuerte, embistiendo como si quisiera marcarlo para siempre. Cada vez que él intentaba tocarse, ella le apartaba la mano. —Solo yo te doy permiso. Viktor estaba perdido: la espalda contra el cristal, las piernas abiertas en V, el agua golpeando, ella encima mandando como una diosa cruel y perfecta. Nunca nadie lo había tenido así. Nunca nadie lo había hecho sentir tan pequeño… y tan jodidamente grande al mismo tiempo. —Sofía… por favor… —suplicó, la voz quebrada. —¿Por favor qué? Mi amor, anda dilo. —Déjame venir… por favor, reina… Ella aceleró, apretándolo dentro, mirándolo fijo pero igualando el deseo. —Córrete cuando yo te diga. Él asintió como loco, lágrimas mezcladas con el agua. Cuando ella se corrió, gritando su nombre contra su boca, le clavó las uñas en el pecho y ordenó: —Ahora. Viktor explotó con un grito que retumbó en todo el baño, el cuerpo convulsionando, las piernas temblando en el aire, completamente rendido. Ella se quedó encima, los dos jadeando, el agua todavía cayendo. Después, Sofía le bajó las piernas con cuidado, lo abrazó fuerte y le besó la frente. —¿Estás bien? Viktor soltó una risa temblorosa. —Estoy… destruido. Y nunca estuve mejor. Ella le acarició la mejilla. —Entonces mañana repetimos. Él cerró los ojos, feliz. —Mañana, pasado, siempre. Soy tuyo para que me uses como quieras. Después de que Sofía lo destruyera en la ducha, Viktor se quedó un rato quieto, el agua todavía resbalando por su espalda, respirando como si acabara de correr una maratón. Ella lo miró, satisfecha, y le revolvió el pelo mojado. —¿Te gustó ser mío del todo? Él sonrió, oscuro y peligroso. —Me encantó. Pero ahora me toca a mí hacerte mía del todo. Antes de que ella pudiera reaccionar, Viktor la levantó en brazos como si no pesara nada y salió de la ducha sin secarse. La llevó directo a la cama king size, la tiró sobre las sábanas húmedas y se puso encima en un segundo, sujetándole las muñecas con una sola mano por encima de la cabeza. —Pensaste que me habías doblegado, ¿eh? —susurró contra su boca, mordiéndole el labio inferior—. Me encanta que me mandes, reina… pero en esta cama sigo siendo el rey. Sofía intentó resistirse, solo por el juego, pero él la inmovilizó con las rodillas abiertas, le separó las piernas con la rodilla y entró de una sola embestida profunda, sin aviso, hasta el fondo. Ella soltó un grito ahogado que él atrapó con su boca. Empezó a moverse como solo él sabía: duro, lento, profundo, cada embestida un recordatorio de quién la había comprado, quién la había roto y quién la había vuelto a armar. Con la mano libre le apretó el cuello justo lo suficiente para que sintiera el pulso en la garganta, con la otra le pellizcó un pezón hasta hacerla arquearse. —Dime quién te f*lla así —gruñó contra su oído. —Tú… joder, tú… —gimió ella, ya perdida. —Más alto. —¡Viktor! Él aceleró, golpeando ese punto dentro de ella que solo él conocía, sin piedad, sin pausa. La cama crujía, la cabecera golpeaba la pared, los dos empapados de agua y sudor. Sofía intentó tocarlo; él le sujetó las muñecas más fuerte. —Hoy ya no tocas. Ahora solo sientes. La llevó al borde tres veces y la paró en seco cada vez, hasta que ella suplicó con lágrimas en los ojos. —Por favor… por favor, déjame… Solo entonces la dejó caer. Cuando Sofía se corrió fue como un terremoto: gritó su nombre, se arqueó tanto que casi lo tira, apretándolo tan fuerte que Viktor vio estrellas. Él la siguió segundos después, enterrado hasta el fondo, rugiendo contra su cuello, llenándola una vez más, marcándola como suya aunque ella llevara la corona. Después se derrumbó a su lado, los dos jadeando, temblando. Sofía intentó hablar; no le salía la voz. Viktor la abrazó por detrás, la mano grande cubriéndole el vientre todavía suave, la boca en su nuca. —Puedes mandarme en la calle, en los negocios, en todo Moscú —susurró ronco—. Pero aquí dentro… aquí sigo siendo el que te deja sin voz y dormida de placer. Ella soltó una risa débil, exhausta. —Trato hecho, rey. En menos de cinco minutos Sofía estaba dormida, profundamente, con una sonrisa tonta en la cara y el cuerpo laxo de tanto placer. Viktor se quedó despierto un rato más, acariciándole el pelo, mirando el monitor donde Alexei dormía tranquilo. Sonrió para sí mismo. Sí, ella era la reina del imperio. Pero él seguía siendo el rey de su cuerpo… y los dos estaban exactamente donde querían estar. En la cuna, Alexei soltó un suspiro soñador. En la ciudad, nadie se atrevía ni a toser sin permiso. Y en la cama, el rey destronado durmió por primera vez en años sin pesadillas… porque su reina lo tenía justo donde quería: abierto, entregado, feliz. _____ Alrededor de las 04:26 a.m., justo cuando los dos empezaban a dormirse de verdad, el llanto de Alexei atravesó el monitor como una sirena. Viktor fue el primero en saltar de la cama, completamente desnudo, el pelo revuelto y la espalda llena de arañazos frescos. —Voy yo —dijo con voz pastosa, tambaleándose un poco. Sofía intentó levantarse también, pero él la empujó suavemente contra la almohada. —Duerme. Ya me toca. Entró al cuarto del bebé descalzo, encendió la luz tenue y encontró a Alexei pataleando furioso en la cuna, la cara roja y los puñitos cerrados. —Ey, pequeño dictador… ¿qué te pasa ahora? —susurró Viktor, tomándolo con una mano debajo de la cabeza y la otra en el pequeño traserito que parece un bollito suave, como le había enseñado la enfermera. El niño se calmó un segundo al sentir su olor, pero volvió a llorar más fuerte. Viktor lo llevó al cambiador, le revisó el pañal: explosión nivel nuclear. —Joder, cabroncete… ¿de dónde sacas tanta mi*rda? —murmuró mientras limpiaba con toallitas como si estuviera desactivando una bomba. Alexei aprovechó para hacerle un chorrito directo al pecho. Viktor soltó una carcajada baja. —Buen tiro, heredero. Pero conmigo no cuela. Cuando terminó, lo envolvió en una manta limpia y se lo llevó al pecho. Caminó por la habitación oscura, meciéndolo despacio, canturreando en ruso una nana que su propia madre le cantaba antes de que la mataran. Alexei se fue calmando, los ojitos azules grisáceos abriéndose y cerrándose, mirándolo como si supiera exactamente quién lo tenía en brazos. Sofía apareció en la puerta, envuelta en la sábana, el pelo loco y una sonrisa cansada. —Eres un papá ridículamente sexy —susurró. Viktor le tendió al bebé ya dormido. —Toma, tu turno de biberón. Yo me encargo del próximo pañal apocalíptico. Ella lo tomó, lo acomodó en su pecho y se sentó en la mecedora. Viktor se quedó de pie, apoyado en el marco, mirándolos con una expresión que nunca había tenido en la cara: paz absoluta. —Nunca pensé que cambiar pañales a las cuatro de la mañana iba a ser lo mejor de mi día —dijo bajito. Sofía sonrió sin levantar la vista del bebé. —Bienvenido al club de los padres primerizos, amor. Aquí nadie duerme, todos olemos a leche y lloramos por nada. Alexei soltó un pequeño eructo, se durmió del todo y Sofía lo volvió a dejar en la cuna con una delicadeza infinita. Los dos se quedaron un rato mirándolo dormir, hombro con hombro. —¿Sabes qué es lo más loco? —susurró Viktor. —Dime. —Hace un mes tenía medio mundo queriendo matarme. Hoy lo único que me preocupa es si este cabroncete va a dormir cuatro horas seguidas o nos va a torturar otra vez a las cinco. Sofía le pasó el brazo por la cintura. —Y mañana repetiremos: pañales, llantos, biberones… y entre medio, cuando duerma, te f*llaremos hasta que no recuerdes tu nombre. Viktor la besó en la sien. —Trato hecho, jefa. Volvieron a la cama arrastrando los pies, se metieron desnudos bajo las sábanas y se abrazaron fuerte. A las 05:12 Alexei volvió a llorar. Los dos soltaron una risa cansada al mismo tiempo. —Piedra, papel o tijera para ver quién va —propuso Viktor. —Vamos los dos —respondió ella. Y así, desnudos, muertos de sueño y más felices que nunca, fueron otra vez a criar al futuro rey de Moscú. Porque sí, el imperio había cambiado de manos… pero la familia acababa de empezar.






