Mundo ficciónIniciar sesiónDespués de varios días más dentro del Hospital.
Los médicos ya no sabían qué decir. Sofía caminaba sola por el pasillo, Alexei en el portabebés pegado al pecho, Viktor detrás cargando la maleta como un marido normal y no como el ex-rey de la mafia rusa. La jefa de enfermeras intentó protestar: "¡Todavía no tiene el alta definitiva!" Sofía le sonrió dulce, le puso un sobre con diez mil dólares en la mano y dijo: —Entonces deme el alta voluntaria, doctora. Tenemos un imperio que dirigir». A las 11:14 a.m. salieron por la puerta trasera. Un Mercedes negro blindado, el último que quedaba los esperaba. Dimitri al volante, sonrisa de oreja a oreja. —¿Adónde, majestad? Sofía ni dudó: —A la torre de cristal. Planta 47. La torre de cristal era un edificio nuevo en el centro financiero de Moscú, 52 pisos de acero y vidrio negro. En la planta 47 había una oficina fantasma que nadie sabía que pertenecía a Viktor: 400 m², paredes blindadas, ventanas antibalas con vista a toda Moscú, y un apartamento privado integrado detrás de un espejo falso. Lo había comprado hace años como “refugio de emergencia”. Nunca pensó que sería su nueva casa. Subieron en ascensor privado. Cuando las puertas se abrieron, Sofía soltó un silbido bajo. Paredes negras, muebles minimalistas, una sala de reuniones con mesa de mármol para veinte personas y, al fondo, un cuarto con cuna nueva, parque, cambiador y una cama king size que parecía gritar “fóllame aquí mismo”. —Bienvenidas a la nueva corte —dijo Viktor, dejando la maleta en el suelo. Sofía se giró, lo empujó contra la pared y lo besó con hambre. —Ahora sí estamos en casa —susurró contra su boca. Alexei soltó un pequeño gorjeo feliz, como aprobando el cambio. Dimitri carraspeó desde la puerta. —Los capos llegan en una hora. ¿Preparo la sala? Sofía se separó de Viktor, se quitó el abrigo y se quedó en un vestido negro ajustado que le marcaba cada curva post-parto. —Prepara la sala. Y dile que traigan flores. Muchas. Quiero que huelan a victoria. Una hora después, la mesa estaba llena: doce hombres que antes se habrían matado entre sí ahora sentados en silencio, mirando a una mujer de bata abierta y bebé en brazos como si fuera la mismísima zarina. Sofía se sentó en la cabecera, Alexei dormido contra su pecho. Viktor a su derecha, callado, orgulloso, duro solo de verla mandar. —Caballeros —empezó ella, voz suave pero afilada como cuchillo—. A partir de hoy hay nuevas reglas... Regla número uno: el heredero duerme. Regla número dos: quien despierte al heredero… pierde la lengua. Regla número tres: yo hablo, ustedes escuchan. Y Moscú, por primera vez en décadas, escuchó. La reunión empezó a las 14:00 en punto. Los doce capos llegaron con cara de funeral, pensando que iban a repartirse los restos de Viktor. Lo que encontraron fue a Sofía sentada en la cabecera, Alexei dormido en un moisés de cuero negro a su lado, y Viktor de pie detrás de ella con las manos cruzadas a la espalda como un guardia real… muy cachondo. El primero en hablar fue Ruslan el Gordo, capo checheno que había tomado tres almacenes la semana anterior. Se aclaró la garganta: —Con todo respeto, señora… ¿dónde está Ivanov? Sofía sonrió, dulce y mortal. —Aquí mismo. Pero hoy habla por mi boca. Ruslan abrió la boca para protestar. Sofía levantó una mano y Dimitri puso sobre la mesa una carpeta gruesa. Dentro: fotos de Ruslan con su amante menor de edad, transferencias a cuentas en las Caimán, y un vídeo de él sobornando a un juez federal. Ruslan palideció. —Opción uno —dijo Sofía sin alzar la voz... —Devuelves los tres almacenes, pagas el triple de lo que robaste y te arrodillas. Opción dos: mañana tu mujer recibe este sobre y la policía también. Tú eliges. Ruslan se arrodilló antes de terminar la frase. Uno a uno fueron cayendo. El kazajo devolvió la ruta del norte. El albanés bajó el precio de la heroína al 50 %. Los dos capitanes desertores pidieron perdón llorando y ofrecieron sus propias casas como garantía. En cuarenta y cinco minutos, Moscú volvía a tener dueño… y era una mujer de veintitrés años con un bebé en brazos. Cuando el último salió, Sofía se recostó en la silla y soltó el aire. Viktor cerró la puerta con pestillo, giró la persiana electrónica y la habitación quedó a oscuras salvo por la luz de la ciudad al fondo. Se acercó despacio, se arrodilló frente a ella y le abrió las piernas con cuidado. —¿Qué haces? —preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta. —Rendirme homenaje a mi reina —respondió él, subiéndole el vestido hasta la cintura. No llevaba bragas. Obvio. La lengua de Viktor fue directa al grano, lenta, reverente, como quien besa un trono. Sofía se agarró al reposabrazos, mordiéndose el labio para no gritar. Alexei dormía a medio metro, ajeno a todo. —Más rápido —ordenó ella en un susurro roto. Viktor obedeció al instante, dos dedos dentro mientras la lamía sin piedad. Sofía se corrió en menos de dos minutos, temblando entera, tapándose la boca con su propia mano para no despertar al bebé. Cuando abrió los ojos, Viktor seguía de rodillas, la barbilla brillante, mirándola como si fuera una diosa. —Gracias por salvarme la vida —dijo él, voz ronca. Sofía le revolvió el pelo. —Gracias por dejarme. Se levantó, se acomodó el vestido y pulsó el interfono. —Dimitri, trae champán sin alcohol y cena para veinte. Vamos a celebrar que Moscú tiene nueva zarina… y que su zar sigue vivo. Dimitri entró cinco minutos después con una bandeja, vio a Viktor todavía de rodillas limpiándose la boca con disimulo y soltó una carcajada. —Nunca pensé que viviría para ver esto. Viktor le lanzó una servilleta. —Cállate y sirve, traidor. Esa noche, la torre de cristal se convirtió en palacio. Luces bajas, música suave, los tres solos, bueno, cuatro con Dimitri de guardia en la puerta. Sofía se sentó en el sofá con Alexei dormido en brazos. Cuando Dimitri cerró la puerta tras la última botella de champán sin alcohol, la sala quedó en penumbra total. Solo la ciudad iluminaba la habitación desde abajo, millones de luces como testigos mudos. Sofía dejó a Alexei dormido en la cuna con el monitor encendido y se giró hacia Viktor. Él estaba de pie junto al ventanal, todavía con la camisa desabrochada, mirando Moscú como si ya no le perteneciera. Y tenía razón: ya no le pertenecía. Ella se acercó por detrás, le agarró la camisa con las dos manos y tiró con brusquedad hasta arrancarle los botones. Viktor se giró, sorprendido. —¿Sofía…? —Cállate —ordenó ella, voz baja y peligrosa—. Hoy mandé yo ahí fuera. Ahora mando aquí dentro. Lo empujó contra el sofá de cuero negro, lo hizo caer boca arriba y se subió encima a horcajadas. Sus ojos ardían. —Durante toda la reunión no dejé de mirarte —susurró, agarrándole las muñecas y sujetándolas por encima de la cabeza—. Te veía de rodillas en mi mente y me mojaba sola. Le mordió el labio inferior hasta sacarle sangre, luego bajó por el cuello, por el pecho, arrancándole la camisa del todo. Viktor intentó moverse; ella apretó más fuerte. —Quieto. Hoy no tocas hasta que yo diga. Se bajó del sofá, se arrodilló entre sus piernas y le abrió el pantalón con urgencia. Cuando lo tuvo libre, duro y palpitando, lo miró a los ojos y se lo metió entero en la boca sin aviso. Viktor soltó un gemido roto, la cabeza hacia atrás. Ella lo tomó lento, profundo, sin prisa, saboreando cada centímetro como si fuera la primera vez que lo tenía a su merced. Sus manos en las caderas de él, marcando territorio. Cuando Viktor intentó tocarle el pelo; ella le apartó la mano de un manotazo. —He dicho que quieto—. Dijo entre lengüetazos. Se levantó, se quitó el vestido de un tirón y se quedó desnuda, gloriosa, los pechos pesados, las caderas anchas de madre reciente, la mirada de reina absoluta. Volvió a subirse encima, pero esta vez le levantó las piernas con fuerza, las abrió en V y las sujetó contra el respaldo del sofá. Viktor se quedó expuesto, vulnerable, las rodillas casi en los hombros. —¿Qué haces…? —empezó él, voz temblorosa. —Shhh, amor y siente —ordenó ella, y se hundió sobre él de una sola vez, hasta el fondo. Empezó a moverse, no como siempre, sino como nunca nadie lo había hecho con él: ella encima, controlando el ángulo, la profundidad, el ritmo. Cada embestida era suya. Cada gemido lo arrancaba ella. Viktor intentó cerrar las piernas por instinto; Sofía las abrió más fuerte. —Así te quedas. Mío. Todo mío. Él la miró, humillado, sorprendido, al borde de la locura. Nadie, nunca, le había hecho esto. Siempre había sido él quien dominaba, quien tomaba, quien mandaba. Y ahora estaba abierto, expuesto, siendo f*llado por su reina, y se sentía… Dios, se sentía tan jodidamente feliz que le dolía el alma. —Sofía… joder… —gimió, la voz quebrada. Ella aceleró, apretándolo dentro, mirándolo fijo a los ojos. —Córrete cuando yo te diga —ordenó. Él asintió como pudo, lágrimas de placer en las comisuras de sus ojos. Cuando ella se corrió, apretándolo tanto que vio estrellas, le clavó las uñas en el pecho y gritó su nombre. Solo entonces le dio permiso: —Ahora. Viktor explotó dentro de ella con un rugido que salió de lo más profundo, el cuerpo temblando, las piernas todavía en V, completamente rendido. Ella se derrumbó encima, los dos jadeando, sudorosos, pegados. Después de un minuto eterno, Sofía le besó la frente. —¿Te gustó ser mío del todo? Viktor, todavía temblando, sonrió con los ojos cerrados. —Nunca nadie me hizo sentir tan… vivo. Hazlo otra vez cuando quieras, reina. Mil veces. Y Moscú, desde abajo, siguió brillando… pero ya nadie dudaba quién mandaba de verdad.






